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En el camino iniciado por las vanguardias, el placer estético ha sido sustituido por la representación de esa contradicción, en la que se pone de relieve lo negativo, lo siniestro. En ese intento de superar el divorcio entre el arte y la vida, de «adecuarse» a lo inhóspito de nuestro mundo, no sólo se ha desterrado la belleza canónica, también se ha institucionalizado el arte como mercancía y espectáculo de masas, y han proliferado pequeños oasis excluyentes y nada hospitalarios como la decoración perfecta para las paredes de una cárcel.
José Luis Pardo analiza desde muy diversos puntos de vista la aparición del artista moderno como profesional, la crisis de la representación en el arte o la extensión en el capitalismo tardío del tiempo productivo a la vida privada, el consumo y el arte, tanto en sus ensayos sobre arquitectura como en obras concretas como El amigo americano y de autores como El Roto, Ramón Gaya o Picasso. Esta pluralidad de enfoques ofrece una visión de conjunto sobre el sentido del arte en un mundo en el que corre el riesgo de perder sus valores de libertad y revelación y, igual que las cosas y las personas que no son ya más que flujos intercambiables y fuerza de trabajo y de consumo, quedar reducido a su valor potencial en el mercado.
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